Tercer Cielo. En el eterno presente del no tiempo.
Se hizo un silencio sobrecogedor.
_¡Dios Santo! ¿Qué ha ocurrido? _preguntó, visiblemente crispado Gabriel, mientras dirigía una mirada inquisitiva y llena de preocupación a sus compañeros.
La comunicación se había cortado. Ni una señal. ¡Nada. El cuerpo de Luz de Miguel, que estaba a su lado con los ojos desmesuradamente abiertos por la impactante impresión, pareció palidecer de repente ante el inesperado y desconcertante acontecimiento. ¡La Tierra se había quedado a oscuras! De eso no había ninguna duda.
Por muchas vueltas que le daba, Gabriel no acertaba a dar crédito a lo que acababa de presenciar. Lleno de aprensión, empezó a deambular de aquí para allá, sin orden ni concierto, rozando, con la punta de sus alas, la desesperación.
_¿Alguno de vosotros tenía la más remota idea de que algo así podía llegar a suceder? _acertó a plantear, al tiempo que los otros arcángeles, en un puro acto reflejo de unión frente a lo desconocido, se habían acercado tanto entre sí que sus energías entraban directamente en contacto, proyectando, si cabe, mayor luminosidad en aquella parte del Tercer Cielo, el que la Divina Providencia había tenido a bien asignarles como hogar.
_Yo, desde luego, no _se apresuró a contestar Uriel. La expresión de desconcierto de Rafael, Xathanael y Casiel hacía estéril cualquier búsqueda de respuesta positiva en ellos. Ninguno tenía la más remota idea de lo que estaba sucediendo.
No era de extrañar. Que ellos supieran, nunca, en toda la historia de la Divina Creación, se había producido un hecho tan insólito e inquietante como el que acaban de presenciar. ¡Dos de los suyos, repentinamente desconectados, por inexplicables motivos, de Dios! Ésa era, a todas luces, una posibilidad, aparentemente absurda y descabellada, para la que ninguno de ellos había sido preparado. Espiritualmente, aquello no parecía tener el menor sentido. Era, se mirara como se mirara, un callejón sin salida.
Gabriel volvió a romper el hielo y el silencio, cargado de malos presagios, que se había adueñado de todos ellos.
_Imagino que el Padre lo sabe _conjeturó.
_Imaginas bien _replicó con un ademán de certeza absoluta Miguel_. ¿Acaso Él no está siempre al corriente de todo lo que sucede?
Todos asintieron como un solo ángel. Aquella era, en Verdad, una situación totalmente nueva para ellos, un punto y aparte, de consecuencias desconocidas, en la previsible tranquilidad en la que habían siempre vivido. Parecían incluso agitados. Las partículas de Luz de sus espléndidas figuras dibujaban siluetas levemente temblorosas en la atmósfera de su acogedora adimensión.
_Pero, entonces _intervino de nuevo Uriel, conmocionado por una súbita certeza_, ¡estaba previsto! ¡Es del todo increíble! ¿No te das cuenta _prosiguió, dirigiéndose directamente a Miguel_ que eras en principio tú el designado para acompañarla y que él, justo en el último momento, pidió al Padre su bendición para hacerse cargo de una misión aparentemente de poca envergadura para sus elevadas cualidades? ¿No te resulta algo chocante?
Tragándose la creciente preocupación, Miguel optó por quitarle hierro al asunto.
_Ventajas de ser el primero de entre nosotros _aventuró con una franca sonrisa, tratando de aliviar con el sentido del humor, propio de la casa celestial, la tensión que flotaba en el ambiente.
Pero Gabriel no estaba precisamente para bromas.
_Déjate de monsergas, Miguel _advirtió muy serio_, ya que por mucho que sea el primero, o precisamente por serlo, resulta todavía más raro que haya sido justamente su Luz la que se haya apagado como por encantamiento.
Sus palabras parecieron sacar a Rafael de su estado de estupor.
_Pero la de Ella, aunque muy débil, continúa centelleando por momentos _apuntó, más como una forma de animarse a sí mismo que de aportar alguna información nueva a sus hermanos, quienes sabían perfectamente que la Creadora seguía conectada de una manera leve e intermitente.
_Es cierto _confirmó Gabriel, que parecía cada vez más conmovido_, pero no contesta a ninguna de nuestras llamadas. O no nos oye directamente _especuló con nerviosismo_, posibilidad que ni me atrevo a imaginar por los peligros que entraña, o, si lo hace, no puede hablarnos, con lo que no me animo a confirmar cuál de ambas posibilidades es la peor. En todo caso, hermanos, nosotros no la escuchamos.
_Lo cual únicamente puede significar que el Padre se está haciendo cargo personalmente. Algo muy gordo se debe de estar cociendo por el Primer Cielo.
Todos se volvieron al unísono hacia Miguel, que, inspirado sin duda por el Espíritu de Verdad, había puesto en palabras celestes lo evidente. Casi todos se sintieron inmediatamente aliviados. Si el Padre estaba al timón, nada había que temer. No obstante, Gabriel les devolvió a la cruda realidad de lo sucedido.
_Sí, pero no debemos olvidar los hechos _argumentó_. Él se ha quedado sin Luz y Ella no puede llevar a cabo sola la misión. La situación no hay por donde cogerla. ¿No os dais cuenta? ¡Están incomunicados y solos!
_¡Qué Dios se apiade de nosotros! _exclamó con profundo pesar Xathanael.
Casiel, que había permanecido hasta entonces en respetuoso silencio, puso, con apenas un hilo de voz, la invocación al Altísimo en su justo lugar.
_No, hermanos, qué Dios se apiade de ellos…